Por qué Ayuso es Isabel... la Católica

Escrito el 29/03/2026
Rubén Amón

El énfasis católico de la presidenta abjura de su periodo agnóstico, responde a la batalla cultural y le hace la competencia a Vox en el recelo al Islam, en las políticas confesionales y en la versión eufórica del colonialismo

En tiempos de Pasión madrileña, se diría que la conversión pública de Isabel Díaz Ayuso -tránsito oportunista del agnosticismo militante a la genuflexión semanal- no pertenece al misterio de la Santísima Trinidad, sino corresponde más bien al ámbito del marketing identitario. Es una epifanía de urna, no de sacristía.

Asistimos en los madriles a una necrofagia extraña, la resurrección del cristianismo sine Iglesia y sine dogma. Una suerte de santidad laica que invoca las raíces cristianas como quien blande un estoque defensivo frente al alarido iconoclasta del Islam.

No hace tanto que nuestra presidenta comentaba en las entrevistas más íntimas que había perdido la fe, que se había descarriado, pero sus últimas declaraciones sobre la colonización en México y sobre el misal identitario la convierten en la primera feligresa de la región, hasta el extremo de emular el fervor de Isabel la Católica.

Ayuso, en amable sintonía con las huestes de Vox, ha interpretado que el cristianismo funciona hoy no como catecismo, sino como marcador cultural y como sustrato xenófobo. Se reivindica la cruz no por convicción teológica, sino por una suerte de altivez geográfica y dinástica. Es un cristianismo de trinchera, que necesita desesperadamente el antagonismo de un "ellos" -el minarete, el hiyab- para sostener la precaria arquitectura de un "nosotros" .

Rubén Amón

En esta misma paradoja confesional y confusional, las iglesias se vacían mientras los parlamentos se llenan de crucifijos de atrezo y de cruzados con disfraz de película barata. El regreso de Ayuso a la misa de doce importa más como síntoma estratégico que como biografía espiritual. Es una mistificación magistral, o sea, colocar la urna a la vera del altar para que el votante, confundido ante tanta luz, entregue su papeleta con la misma fe ciega en la salvación eterna.

No terminan de salirle las cosas a la derechona católica y neocatólica porque el verdadero fervor cristiano se aloja en el entusiasmo de los inmigrantes latinoamericanos. Prosperan como nunca los templos evangélicos en Madrid. Y se consolida una vertiente cismática que el oficialismo eclesiástico acaso espera remediar con la llegada del Papa a primeros de junio.

Los datos son más elocuentes que cualquier homilía: en la Comunidad de Madrid se abre un templo evangélico cada cuatro días. En apenas un lustro, el número de iglesias ha crecido un 62 %, hasta alcanzar las 1.187. Y, entre tanto, las parroquias católicas permanecen inmóviles, 481 en total, como si el tiempo las hubiera convertido en patrimonio arqueológico. La proporción se ha invertido: hay dos templos evangélicos por cada iglesia católica. Un vuelco histórico que reformula el mapa religioso de la capital y que se explica en el aluvión de inmigrantes de ultramar.

Consciente también de esta fuga al dogma, la conversión o la reconversión de Ayuso y su énfasis en las derivadas confesionales -el aborto, la patria, la familia...- importa más como síntoma estratégico que como biografía espiritual.

Ignacio S. Calleja

Representa un momento histórico o histérico en el que la religión vuelve al espacio público transformada en armadura de seña cultural. No se habla de pecado ni de salvación. Se habla de civilización, de tradición, de Occidente, de valores judeocristianos.

En España el fenómeno resulta especialmente visible porque el catolicismo forma parte del paisaje cultural, incluso para quienes no practican. La Semana Santa, las romerías, las vírgenes patronas, las iglesias en el centro de cada pueblo. Todo eso construye una memoria común. Se puede participar en ella sin necesidad de creer estrictamente en el dogma. Se participa como se participa en una tradición familiar o en una fiesta popular. La religión como cultura.

En ese contexto hay que interpretar también la caída del caballo de Ayuso. Su regreso a la misa no solo habla de espiritualidad personal. No es un fenómeno exclusivamente español. Ocurre en Francia, en Italia, en Europa del Este. La religión reaparece cuando las sociedades sienten que su identidad se vuelve incierta y cuando la "invasión musulmana" suscita placebos emocionales.

Es la misma perspectiva desde la que Ayuso ha abjurado de las palabras del Rey para adherirse al discurso colonialista más complaciente. Fuimos a las Américas para civilizar a los caníbales. Y la sombra alargada de la cruz simboliza la grandeza de España.

La paradoja europea es muy interesante. Cada vez hay menos creyentes y cada vez hay más defensores políticos del cristianismo. La religión pierde fuerza espiritual y gana fuerza electoral. Se debilita en las iglesias y se fortalece en los parlamentos, de tal manera que Ayuso se ha caído del caballo para terminar caminando sobre las aguas del Manzanares.