Planazo taurino en Valdemorillo, se acabó el invierno

Escrito el 08/02/2026
Rubén Amón

Uceda Leal, Juan Ortega y Pablo Aguado comparecen en el municipio madrileño este domingo para remediar el síndrome de abstinencia y el amago de la despedida de Morante

No se me ocurre mejor plan que llegarse a Valdemorillo este segundo domingo de febrero. Porque se anuncian Uceda, Ortega y Aguado. Y porque se nos ha hecho largo y angustioso el invierno a los aficionados, sobre todo quienes arropamos a Morante el 12 de octubre en el psicodrama de la plaza de Las Ventas.

El duelo ha durado poco, ni siquiera tiene sentido hablar de una retirada, pero recelo de los taurinos plañideros a quienes ofende el amago morantista. Los hay quienes reclaman que Morante les devuelva las lágrimas vertidas. Y quienes le reprochan haberlos toreado con las emociones, pero estas consideraciones sensibleras y justicieras importan muy poco respecto a la dicha de reencontrarnos con Morante allí donde se anuncie.

De hecho, la tarde de Valdemorillo en este 8-F revestía su interés original como una fórmula alternativa a la sede vacante del Papa Morante. Se hizo el cartel dando por hecho que el monstruo de La Puebla se iba de verdad. Y se recomponía su ausencia a partir de un canon de tauromaquia inspirado en la religión morantista.

Uceda Leal, Juan Ortega y Pablo Aguado, cada uno en sus formas y en sus coordenadas generacionales, se adhieren a la tauromaquia de la pureza y de la ortodoxia. Representan la noción más interesante del toreo caro y hermoso. Por eso la iniciativa de Valdemorillo resultaba tan atractiva. Y no como placebo, sino como un cartel rematao que reivindica la pujanza de la tauromaquia del arte y que reanima el interés de los aficionados cabales.

Rubén Amón

Padecíamos el síndrome de abstinencia. Se nos ha prolongado demasiado tiempo la espera, el duelo. Y percibimos Valdemorillo como un reencuentro ilusionante. Reclamamos a los empresarios esta clase de carteles distintos. Morante de la Puebla custodia el reino de los toros y predispone la sensibilidad hacia las tauromaquias de mayor espesor plástico y estético.

Tranquiliza saber que la plaza madrileña está cubierta, a salvo de los temporales. Y que el propio municipio ha convertido la feria en un acontecimiento. Por convicción y por apoyo institucional. Y también por una tradición que a tantos aficionados veteranos no permite evocar la precariedad de aquella plaza portátil, los festejos que transcurrían bajo la nieve, el vuelo rasante de las cigüeñas, los toreros modestos que pedían una oportunidad cerquita del foro.

Rubén Amón

Valdemorillo es un pueblo, pero no aloja una plaza de pueblo. Quiero decir que proliferan los espectadores ilustrados de Las Ventas. Y que se aprecia y respira una atmósfera exigente. Lo sabe Uceda en la temporada que conmemora sus treinta años de alternativa. Y lo saben Ortega y Aguado, cuyas aspiraciones legítimas al trono de Morante predisponen una competencia fascinante. Capoteros excelsos. Y muleteros de gracia que exploran sus mejores diferencias. El temple imposible de Ortega. La naturalidad imponente de Aguado.

Por esas razones uno se desplaza a Valdemorillo sabiendo que pueden pasar cosas. Nada hay más atractivo para un aficionado que las tardes de expresión imprevisible. Ir a los toros como si fuera Las Ventas pero sin las presiones y sugestiones de la M-30. Un reencuentro con los toros que pone fin al invierno por mucho que el invierno nos haya ocultado el sol desde hace tantas semanas. El envés del capote amarillo simboliza la luz en manos de que saben manejarlo -y manejarla- mejor que nadie.