Pocholos, Pancetas y las barbas a remojar de Rasputín

Escrito el 08/03/2026
Rubén Amón

La crisis de Educación en la Comunidad de Madrid mistifica clanes y folklore, aunque Isabel Díaz Ayuso convierte la debilidad de las tribus del PP en fortaleza propia

La política madrileña ha decidido rebautizarse con motes de verbena. Pocholos. Pancetas. Y un Rasputín con barba de monje estilita que susurraba decretos educativos como quien recomienda una serie turca. No hablamos de una chirigota sino del núcleo duro de la Comunidad de Madrid, 7.000 millones de euros en danza y una ley universitaria embarrancada que ha terminado convertida en ajuste de cuentas sentimental.

Los Pocholos eran la guardia joven, pulcra, universitaria, con aire de consejo escolar premium. Crecieron al abrigo de la Consejería de Educación y se movían por la Asamblea con la soltura del que confunde mayoría absoluta con blindaje espiritual. Emilio Viciana ejercía de rostro visible hasta su defenestración, pero el verdadero magnetismo irradiaba desde ese consejero artístico del Ballet, Antonio Castillo, que acabó convertido en estratega áulico. De ahí el apodo eslavo y la resonancia conspiranoica. Rasputín sin habitaciones con vistas al Neva, aunque con despacho climatizado y una influencia que desbordaba el organigrama.

La ley universitaria iba a consagrar su momento, pero se convirtió en la fatalidad del arribista. La norma encalló, los equilibrios internos saltaron por los aires y la presidenta ejecutó la cirugía con precisión quirúrgica. Cesado el consejero. Dimisiones en cascada. Fue aquella la noche en que los Pocholos descubrieron que la política autonómica se parece menos a un Erasmus que a una partida de ajedrez sin relojes de cortesía.

Frente a ellos emergieron los Pancetas. El apodo resulta cruel y aceitoso pero también eficaz. Remite a militancia de base, a alcaldías de municipio, a reuniones de partido con café de termo y llamadas a deshoras. Carlos Díaz-Pache encabeza esta hornada que reivindica la calle frente al despacho, el aparato frente a la camarilla ilustrada. No prometen épica cultural sino disciplina orgánica. Y esa virtud, en un partido vertical, cotiza al alza.

Ignacio S. Calleja

Isabel Díaz Ayuso observa la contienda como directora de escena que decide cuándo cae el telón. La zarina del Foro ha demostrado una intuición infalible para detectar cuándo un colaborador deja de sumar y urge depurarlo. A los Pocholos los impulsó cuando necesitaba frescura y relato generacional. A los Pancetas los activa cuando la estabilidad interna exige músculo territorial. Tanto más poder acumula la líder, más frágiles se vuelven las tribus oportunistas que orbitan a su alrededor. Y viceversa.

El Rasputín madrileño merece un capítulo chejoviano. Su biografía combina gestión cultural, estética bohemia y capacidad para intervenir en debates educativos con una seguridad que desconcertaba a propios y ajenos. En la corte ayusista desempeñó el papel del consejero que susurra, del gurú plenipotenciario que interpretaba el ánimo presidencial antes de que nadie percibiera el cambio de viento. Pero la política castiga la excesiva visibilidad del favorito. La barba de icono ortodoxo se convirtió en símbolo de cautiverio, y el símbolo, en refrán de remojo.

Ignacio S. Calleja

La moraleja trasciende el folclore nominal. Los partidos construyen relatos de renovación mientras reproducen liturgias antiguas. Cambian las caras, los apodos, igual que las lealtades. El mecanismo permanece intacto en una suerte de automatismo: ascenso rápido, influencia desmedida, error estratégico, caída abrupta. Después llegan los relevos con promesa de orden y sentido común. Hasta la próxima combustión o la nueva catarsis.

Madrid asiste a este intercambio de cromos con mezcla de fascinación y cansancio. El votante rara vez distingue entre Pocholos y Pancetas. Percibe acaso que las guerras internas ocupan más espacio que la letra pequeña de las leyes. Y advierte que el talento político consiste menos en diseñar reformas que en sobrevivir a la siguiente remodelación.

Ayuso continúa en el centro del tablero de ajedrez con las facultades de la reina que sabe moverse en todas las direcciones. Su liderazgo sale reforzado cada vez que un clan se disuelve y otro solicita audiencia. La presidenta convierte la volatilidad ajena en estabilidad propia. La política madrileña ofrece espectáculo continuo. Y el público, aunque proteste, no cambia de canal, menos aún cuando Telemadrid induce o inocula la propaganda en el mejor repertorio de teatro de variedades.