A la tauromaquia le habían comprado el ataúd, pero Las Ventas sigue sin colaborar en el sepelio, se obstina en resistir a las esquelas de Urtasun. Cada tarde abre la boca de ladrillo y se traga Madrid. Veintitrés mil personas acuden al rito más discutido de la ciudad, quizá también al más vivo. Durante casi un mes. Con una regularidad que ningún escenario cultural ni deportivo puede imitar sin llamar al contable y al santo de guardia. Da igual el cartel. No importa si se anuncian tres novilleros o lo hacen los rejoneadores.
La magnitud impresiona porque no necesita maquillaje. San Isidro no presume de impacto. Lo provoca. No vende una moda. La desmiente. Mientras tantos espacios culturales celebran la ocupación de media sala como si hubieran tomado Constantinopla, la plaza de la calle Alcalá llena una tarde tras otra y todavía escucha sermones sobre su irrelevancia. El entierro del toreo empieza a parecer una industria con más antigüedad que la propia fiesta.
Lo nuevo, además, no viene del museo. Viene de la calle, de una juventud que ha descubierto Las Ventas sin pedir permiso a los notarios de la sensibilidad. Entra en la plaza con una mezcla de curiosidad y apetito, de liturgia y tarde larga. No siempre sabe distinguir una chicuelina de un natural, pero intuye la electricidad del sitio. Allí puede pasar cualquier cosa. También nada. Y esa posibilidad, tan poco administrable, vence a muchas ofertas culturales que llegan ya digeridas y fotogénicas.
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Rubén AmónDespués del rito sobreviene la mutación nocturna. La plaza cambia de piel. El ruedo se apaga y alrededor prende otra fiesta, más ligera. Las Ventas prolonga el ocio en forma de música, copa y juventud haciendo suyo un recinto que parecía reservado al ceño del abonado antiguo. Conviene no escandalizarse demasiado. Esa deriva hedonista explica parte del éxito. El toreo conserva su gravedad en el ruedo y gana temperatura fuera de él.
El problema empieza cuando se confunden ambos territorios. Y aquí no cabe la condescendencia. La venta de alcohol en los tendidos mientras el toro pisa el ruedo resulta indefendible. No por cursilería moral. Por respeto. Una cerveza o un gintonic pasando de fila en fila durante una faena introduce un ruido vulgar en el momento más serio de la tarde. Se puede beber antes. Se puede beber después. Durante la lidia, no deberían circular los camareros ambulantes. La plaza admite celebración, no descuido. Admite la juventud, no la barra libre cuando los maestros se asoman al abismo.
Ese matiz importa porque el éxito de San Isidro no debería confundirse con la banalización de San Isidro. Una cosa consiste en abrir la fiesta a nuevos públicos. Otra, convertir el tendido en una extensión del festival. El toro no comparece como decorado. El torero no actúa sobre un escenario inofensivo. La plaza puede rejuvenecer sin perder compostura. Más aún, debe hacerlo si quiere preservar aquello que la distingue de cualquier evento con pulsera, vips de cartón piedra, patrocinador y vaso de plástico.
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Borja NegreteTelemadrid ha olido el fenómeno y ha acertado. Las audiencias de la feria resultan apabullantes para una cadena tantas veces condenada al gesto funcionarial. La corrida en directo, tarde a tarde, devuelve a la televisión autonómica una identidad reconocible, propia, difícil de copiar. Madrid se mira en la pantalla y encuentra un acontecimiento que no procede de una franquicia global ni de una importación con subtítulos emocionales. Procede de su plaza y de su ruido.
Y esa contradicción sostiene el éxito. San Isidro fascina porque no cabe en los formularios del gusto aceptable. Es popular sin rebajarse, antiguo sin quedar embalsamado, cruento sin esconder su herida. También incómodo. Mucho. Pero la cultura que no incomoda acaba vendiendo camisetas en el vestíbulo y llamando experiencia inmersiva a cualquier penumbra con proyector. Las Ventas, en cambio, obliga a mirar. Al toro. Al torero, incluso a una ciudad que presume de moderna y luego se reconoce en una ceremonia anterior a todas sus coartadas. Por eso molesta tanto. No por su fracaso, sino por su éxito. La plaza llena cuando debería disculparse.
