Espinosa, Olona, Monasterio… Se le amontonan los cadáveres exquisitos a Barbazul Abascal. Lo digo porque Javier Ortega Smith también ha sido sacrificado en el cadalso. Y conviene emplear el verbo exacto -sacrificar- porque en los partidos con vocación litúrgica y confesional las purgas adoptan la forma de auto de fe.
Fundador de Vox, ex secretario general, ex vicepresidente, ex todo lo que importa, comparece ahora como ofrenda propiciatoria en el altar de la disciplina. Abascal necesitaba demostrar que sabe amputar. Y ha elegido un brazo ilustre, aunque el viejo camarada se le haya amotinado en el Ayuntamiento de Madrid. No renuncia a la portavocía municipal, como le ha reclamado el boss, ni parece inquietarle el expediente de expulsión que se le ha dictado.
La escena envalentonada de hace unos días rozaba el esperpento castizo. Resulta que Ortega compareció ante la prensa alzando el carné como quien exhibe una reliquia. Número 006. Año 2014. Lo sostenía en alto con la solemnidad de un notario del Apocalipsis.
La épica fundacional convertida en numerología. Y mientras tanto su sucesor en el cargo, Ignacio Garriga, remitía los correspondientes escritos al Ayuntamiento para comunicar su cese y el nombramiento de Arantxa Cabello, Ortega se aferraba a la literalidad estatutaria como si la política consistiera en leer el BOE en voz alta.
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JOS (Javier Ortega Smith) ha encarnado mejor que nadie la testosterona ideológica del proyecto. El abogado del Estado que hablaba como un sargento. El guardián de las esencias. La voz que convertía cada intervención en parte de guerra. Mano derecha -o ultraderecha- de Abascal, custodio del catecismo interno, vigilante de tibiezas. Hasta que la tibieza empezó a sospechar de él. Tanto más se predica la unidad, más visible se vuelve la grieta.
El motivo oficial resulta un pormenor administrativo: desobediencia al Comité Ejecutivo Nacional. El motivo real pertenece a la dramaturgia del poder. Ortega no acepta su relevo en el Ayuntamiento. Se atrinchera en el cargo como si el acta fuese un feudo personal. Y el aparato respondió con expediente, suspensión cautelar de militancia y amenaza de destierro. La revolución, cuando madura, aprende a practicar la cirugía sin anestesia.
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Ignacio S. CallejaLo fascinante radica en el simbolismo. El partido que nació denunciando la partitocracia exhibe ahora un manual minucioso de partitocracia. Ortega proclamó que el Comité Ejecutivo se había vuelto decorativo. Y el Comité Ejecutivo, reactivado con instinto justiciero, decidió convertirlo a él mismo en ornamento prescindible.
Impresiona la caída en desgracia del número seis, ex secretario general de cinco estrellas... por su pasado militar, aunque tiene más interés el pasado familiar. Sangre argentina. Segundo apellido Smith. El fervor identitario conviviendo con una onomástica anglosajona. Muy español no puede ser uno apellidándose Smith, pero ya se sabe que los conversos abrazan la ortodoxia con más entusiasmo que los nativos. Ahí tenemos a Gabriel Rufián buscando y rebuscando entre los ocho apellidos catalanes con devoción genealógica.
Ortega presume de madrileñismo castizo. Y ser madrileño, te llames Smith o Fernández, implica cierta chulería. Madrid no exige pedigrí ni raza identitaria, sino que exige carácter. Hacer las cosas por cojones. Lo cual no garantiza hacerlas bien, pero concede una épica de barra de bar que JOS ha elevado a doctrina. En 2016 cruzó a nado hasta Gibraltar para reivindicar la soberanía española. Lo llamó "operación Tarzán". Había sido declarado persona non grata en el Peñón y decidió responder con brazadas patrióticas. La política como performance anfibia.
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Borja NegreteKarateka, jinete, submarinista, boina verde. Más disfraces que un geyperman. La masculinidad como atrezzo y la disciplina como dogma. Resulta irónico que quien encarnó el látigo interno del partido acabe flagelado por el mismo látigo. Abascal necesitaba una cabeza visible para demostrar autoridad. Y Ortega, con su teatralidad marcial y su propensión al órdago, ofrecía la pieza perfecta.
Pero el drama no termina en el expediente. Continúa en el pleno municipal, donde el portavoz suspendido de militancia ejercerá de portavoz con la naturalidad de quien se siente investido por la historia. El carné en alto. El número seis como cifra mística. La unidad proclamada en medio del empate. La fractura negada con la misma energía con la que se exhibe.
Ya lo sabemos. En los partidos de estructura vertical, la lealtad no admite matices. Se obedece o se cae. Ortega eligió resistir. Abascal eligió escarmentar. Tanto más férreo se quiere el mando, más frágil parece la cohesión. Y viceversa. La política española asiste así a un duelo de testosterona reglamentaria en el que la ultraderecha ensaya su propia revolución interna.
