Madrid, capital mundial del perreo y del reclinatorio

Escrito el 06/06/2026
Rubén Amón

El desembarco de Bad Bunny transforma la ciudad en la pista del reguetón, con la polémica de la Casita y al tiempo que se nos aparece el Papa

Bad Bunny no ha venido a Madrid, la ha ocupado. Un concierto se anuncia, se celebra y se desmonta; una ocupación altera el metabolismo de una ciudad, la trastorna. Cambia los precios de los hoteles, llena los trenes, organiza las colas y convierte el Metropolitano en una sucursal del Caribe con los tornos de la Champions. La capital presume de absorberlo todo, aunque estos días más bien parece absorbida por Benito Martínez Ocasio, caudillo sentimental del perreo y santo patrón de la camiseta sudada.

Y diez conciertos. Medio millón de fieles, o sea. Doscientos millones de impacto económico. Ya no sabemos si pertenecen a la cultura o a la contabilidad municipal. Madrid ha descubierto que el reguetón también computa en el PIB. Y lo ha descubierto con esa facilidad tan suya para transformar cualquier fenómeno en una operación inmobiliaria del entusiasmo. El conejo malo no canta en la ciudad, sino que la ciudad le alquila sus pulmones.

Madrid aloja la multitud piadosa de la visita del Papa —una idolatría de coartada espiritual— cuando Bad Bunny propone una peregrinación menos vertical y bastante más sudorosa. La comparación no degrada a nadie, ilumina el siglo. Una ciudad puede arrodillarse por la trascendencia y entregarse al perreo con idéntica logística de masas. Cambia el vestuario y la promesa. El mecanismo permanece: desplazamiento, fervor, pertenencia, merchandising. La religión aspira a salvar almas. El pop, más modesto o más cínico, las sincroniza durante dos horas y luego las devuelve al metro.

Silvia Taulés

Así es que el Metropolitano funciona estos días como una basílica profana. Accede el creyente con entrada, merodea el devoto sin localidad, negocia el peregrino con la reventa y se santigua el camarero con la facturación. Nadie queda fuera del milagro, ni siquiera quienes no soportan una sola canción de Bad Bunny y aun así participan del acontecimiento por contagio, por atasco o por imposición del algoritmo.

Y entonces aparece la Casita. Debería ser el corazón simbólico del espectáculo, una vivienda puertorriqueña levantada dentro del estadio, una evocación de los orígenes en mitad de la maquinaria global. La poesía, sin embargo, tiene interventores. Unos ojeadores recorren el público y seleccionan a las elegidas para compartir ese pequeño Olimpo escénico con actrices, futbolistas, herederas de imperio textil e influencers con la naturalidad trabajadísima de quien ha nacido para salir en plano. La casa del pueblo se convierte en el reservado de la élite. Y el reservado delata más de lo que presume.

La polémica no nace de la envidia, aunque la envidia siempre encuentra un palco postinero. Nace de una contradicción demasiado visible. Bad Bunny ha hecho de la ruptura del molde una parte esencial de su personaje. Se vistió de mujer, convirtió el reguetón en campo de batalla cultural, politizó Puerto Rico en su antagonismo a Trump. Y sin embargo la Casita parece obedecer al canon de siempre, chicas jóvenes, cuerpos normativos, estética homologada. La revolución con casting. La disidencia con filtro de belleza.

David Martínez

Y no es cuestión de ponerse moralista. Bad Bunny no tiene obligación alguna de resolver todas las contradicciones de la cultura contemporánea. Bastante carga supone organizar una gira, una industria y una mitología. Pero su poder procede justamente de haber prometido, cuando no enterrado, otra representación de las cosas y de la sociedad. Por esa razón el público cobra derecho a señalar las rendijas del decorado. El problema no consiste en que haya famosas, influencers ni chavalas guapas en la Casita. Empieza cuando la casa popular reproduce la vieja aristocracia del físico admisible y del estatus intratable.

Espera a los madrileños un fin de semana de sacudidas. El viernes, Bad Bunny. El sábado, León XIV. El domingo, las elecciones del Real Madrid. La coincidencia delata una transformación curiosa de la vida pública. Bad Bunny moviliza una devoción pagana que se parece mucho a la fe. León XIV aterriza en una ciudad descreída, aunque todavía disponible para el acontecimiento irrepetible. Y el Real Madrid convoca unas elecciones que muchos socios vivirán como una cuestión sucesoria. Cambian los templos y cambia la promesa de salvación. Permanece intacta la necesidad de pertenecer a una comunidad. El mismo ciudadano puede cantar, persignarse y votar en cuarenta y ocho horas sin sentir la menor incongruencia. Madrid concede indulgencias de fin de semana.