¿Cómo es posible que Mengs no tenga una calle en Madrid?

Escrito el 25/01/2026
Rubén Amón

La exhaustiva exposición del Prado rehabilita al timonel del neoclasicismo y sirve para "denunciar" el olvido del pintor favorito de Carlos III

Madrid presume de calles, pero administra la memoria con tanto oportunismo como desgana. Hay próceres de saldo, glorias reiteradas y homenajes automáticos. Farinelli no tiene calle, pero sí la tiene Rafaella Carrà. Tampoco consta la presencia de Antonio Raphael Mengs en el callejero. Ni una vía secundaria ni una placa. Resulta extraño si se piensa que fue el primer pintor de Carlos III en la capital del imperio y una figura decisiva en la transformación del gusto artístico de la corte madrileña en el siglo XVIII.

Mengs no ocupó un lugar ornamental. No fue un pintor de circunstancia ni un nombre importado para cumplir expediente ilustrado. Llegó a Madrid con una concepción rigurosa del arte y con una autoridad intelectual poco común. Introdujo el nuevo lenguaje neoclásico cuando el barroco empezaba a agotarse y el virtuosismo había sustituido a la idea. No vino a agradar. Vino a ordenar. A imponer una gramática visual concebida en la claridad, la medida y la razón, sin renunciar a la intensidad ni a la ambición moral.

La exposición que ahora le dedica el Museo del Prado por iniciativa de Andrés Úbeda y Javier Jordán de Urríes funciona como una restitución largamente aplazada. No descubre a un pintor menor ni a un teórico árido, sino a un creador central, incómodo, exigente. Mengs aparece como lo que fue: un artista que entendía la pintura como una forma de pensamiento. Que aspiraba a depurar el gusto sin empobrecer la emoción. Que defendía la disciplina y la academia no como corsé, sino como condición de la libertad artística.

Sus retratos de Carlos III resumen bien esa actitud. No hay en ellos retórica ni grandilocuencia. El poder no se dramatiza ni se embellece. Se fija. Mengs pinta al rey como institución, no como mito. La sobriedad no es timidez, sino método. Y esa contención deliberada, tan celebrada hoy, explica también por qué su figura no generó una mitología fácil ni una posteridad sentimental. Mengs no alimenta leyendas. Deja huellas más profundas y menos visibles.

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Hay, además, un episodio que basta para medir su estatura intelectual y su sentido de la responsabilidad pública. Cuando el rigorismo moral de Carlos III decidió condenar a la hoguera los desnudos de la colección real -incluidos los de Tiziano, Rubens y Guido Reni- Mengs intervino. No con aspavientos ni gestos heroicos, sino con autoridad intelectual. Aquellas obras no fueron destruidas. Se confinaron en una suerte de "cuarto oscuro". Gracias a esa solución hoy siguen formando parte del patrimonio visible. Madrid las disfruta sin recordar a quién evitó su desaparición.

El gesto resume una concepción del arte que va más allá de la pintura. Para Mengs, el patrimonio no era una tentación moral ni un problema coyuntural, sino una herencia que debía preservarse incluso frente al poder. No solo pintó para la corte. La educó. Y cuando fue necesario, la contradijo. Sin estridencias. Sin dramatismo. Con argumentos.

Obras expuestas en la exposición que El Prado ha dedicado a Mengs. (EFE/J.J. Guillén)Obras expuestas en la exposición que El Prado ha dedicado a Mengs. (EFE/J.J. Guillén) Obras expuestas en la exposición que El Prado ha dedicado a Mengs. (EFE/J.J. Guillén)

Que hoy podamos recorrer el Prado y contemplar esas obras como si siempre hubieran estado ahí forma parte de su triunfo silencioso. Mengs no dejó una huella espectacular, sino estructural. Su influencia se percibe en lo que damos por supuesto. En lo que creemos natural. En una idea del museo como espacio de educación estética y no solo de acumulación. En una noción del arte como ejercicio de responsabilidad pública.

¿Cómo es posible que no haya una calle para Mengs en Madrid? No se trata de una queja anecdótica ni de una reivindicación erudita. Se trata de una anomalía reveladora. El callejero madrileño ha sido más generoso con el sensacionalismo que con el rigor, con la emoción inmediata que con la inteligencia disciplinada. Mengs no encaja en el repertorio sentimental de la ciudad. No fue pintor del desgarro ni del exceso. Representó una modernidad sobria, una ilustración sin folclore, una exigencia incómoda.

Una persona fotografía un de las obras expuestas en la muestra dedicada a Mengs. (EFE/J.J. Guillén)Una persona fotografía un de las obras expuestas en la muestra dedicada a Mengs. (EFE/J.J. Guillén) Una persona fotografía un de las obras expuestas en la muestra dedicada a Mengs. (EFE/J.J. Guillén)

Puede que el propio maestro de Dresde fuera consciente de los peligros de la desmemoria. Y que por razones preventivas decidiera pintarse a sí mismo más de cuanto haya hecho acaso ningún otro artista. La exposición del Prado es un recorrido por sus autorretratos y por su autobiografía. Y por la psicología de un artista narcisista que convirtió la técnica y el oficio en su primera religión.

Darle una calle no cambiaría la historia ni corregiría el olvido acumulado. Pero obligaría a algo poco frecuente: reconocer que la modernidad madrileña también se construyó desde la disciplina, la razón y la resistencia silenciosa. Que hubo un artista que salvó cuadros del fuego, ordenó el gusto de una época y pensó el arte como una forma de responsabilidad cívica. Y que Madrid, dos siglos después, aún le debe un nombre en el mapa.