Todas las obras a la vez en todas partes

Escrito el 22/02/2026
Rubén Amón

Asumiendo que la capital tiene que dinamizarse y transformarse, impresiona hasta qué extremo padecemos en Madrid un ajetreo insufrible y ubicuo de zanjas, intervenciones y decibelios

Un yacimiento a cielo abierto, una ciudad en permanente asedio de obras y de zanjas. Madrid se ha propuesto rodar su propia versión de Todo a la vez en todas partes, pero sin coreografías de artes marciales ni universos paralelos que nos rediman del desconcierto cotidiano. Aquí los multiversos confluyen en un mismo atasco. Y la partitura urbana la firma una secuela involuntaria de Una batalla tras otra, donde cada trinchera y socavón se multiplican a semejanza de un hostigamiento. Termina una obra y empieza la siguiente. No hay descanso entre ofensivas. Se repliega una excavadora y asoma otra. Se inaugura un tramo y se baliza el siguiente. Madrid no duerme siquiera de noche. Es una ciudad perforada.

El fenómeno de castigo y de sumisión lo padecemos los conductores en contextos tan apocalípticos como la carretera de Extremadura, el paseo de la Castellana, María de Molina o los accesos restringidos a Las Ventas, pero el estado de excepción también concierne a los peatones, empezando por los que emprenden viaje en las estaciones de Atocha y de Chamartín.

Acceder a la una y a la otra implica un espíritu aventurero y un pacto de mansedumbre. Procede colocarse los auriculares, no tanto por melomanía como por remedio a la intoxicación del ruido y por cuestiones anestésicas. Sucumbimos los viajeros en el paraíso perdido de Atocha (¿qué fue de la arboleda tropical?). Y transitamos como autómatas alienadas en los pasajes interminables de Chamartín. El tren se ha convertido en un trauma.

Y el madrileño aprende. Aprende a salir media hora antes, sospecha del GPS. Asume que la normalidad consistía en llegar puntualmente sin heroicidad. Tanto más se promete la fluidez del futuro, más se consolida el atasco de porvenir. Y viceversa.

Rubén Amón

No se cuestiona la necesidad de transformar una capital que crece y se tensiona. Se discute la obsesión por hacerlo todo al mismo tiempo, como si la pausa caracterizara un pecado administrativo. El resultado no es progreso visible, sino estrés estructural. Una forma de fatiga cívica que no aparece en los planos ni en las maquetas.

Una capital no puede administrarse como reliquia, ya lo sabemos. Pero la simultaneidad compulsiva convierte la reforma en asedio. Todo a la vez. Todo ahora. Todo bajo la convicción de que el movimiento constante equivale a progreso, aunque el movimiento consista en permanecer atrapado en una espiral urbanita.

Miguel Díaz Martín

La ciudad aprende a reconocer los síntomas. Cuando se aproximan las urnas, florecen los remates. Se adecentan aceras con la urgencia de un anfitrión que recibe visitas inesperadas. Se asfaltan tramos estratégicos que habían permanecido meses en estado larvario. Se plantan árboles jóvenes con la esperanza de que arraiguen antes de que fertilice el escepticismo. La cinta roja comparece con puntualidad litúrgica. La fotografía sustituye al polvo. El discurso anticipa la ciudad que será, no la que padecemos.

Hay algo entrañablemente teatral en el ritual. El edil comparece con casco blanco impoluto que jamás conoció el sudor del operario. Sonríe ante una zanja que ayer era intransitable y hoy parece domesticada por la voluntad política. El discurso habla de futuro. El micrófono amplifica la palabra "transformación". La ciudad, detrás, continúa vibrando con la música del taladro.

Así es que Madrid vive en un estado de reforma permanente, como esos edificios que siempre están "a punto de terminar" pero llevan veinte años envueltos en andamios. Y uno empieza a sospechar que quizá no haya un final, que la obra es el estado natural de las cosas, que la zanja es la verdadera identidad madrileña.