Este artículo surge de haber sido estimulado por el que escribió Sonia de Gregorio en este mismo espacio hace unas semanas, poniendo en relación sus amplios conocimientos de arquitecta-urbanista con su experiencia personal, al habitar en el Centro de Madrid. Por tanto, no repetiré las circunstancias urbanísticas que concurren en toda la ciudad como son su mercantilización y pérdida de la vida vecinal, consecuencia de una política económica neoliberal
En la calle Velázquez, donde vivía en los años 50, había un hermoso bulevar con dos hileras de árboles y bancos donde jugábamos los niños del entorno. Por las calzadas simétricas pasaban los tranvías que iban al Centro, y todavía había dos amplias aceras para el paseo de viandantes y acceso a los edificios.
Enfrente de mi casa, en la calle Velázquez, estaba el palacete donde vivía la familia Calvo Sotelo y el Colegio Inglés; ambas parcelas tenían grandes jardines. También han desaparecido los colegios de la Asunción, y únicamente permanece la iglesia, el Santiago Apóstol y el de las Marianistas, gracias a una normativa que permitía el cambio de uso. Calle abajo permanece el Colegio de Jesús y María, pero construyeron un aparcamiento bajo el patio para obtener rentabilidad, de acuerdo con la actual normativa, como ha ocurrido en otros colegios de órdenes religiosas del Ensanche. Afortunadamente, se mantienen los colegios de las Ursulinas y del Pilar, pero en este último han construido un club deportivo privado bajo las pistas de juego; los dos se sitúan enfrentados en la entonces calle de General Mola, hoy Príncipe de Vergara, que también tenía un bulevar parecido al de Velázquez, y con una amplia plaza, la del Marqués de Salamanca, lugar de reposo y juegos de niños.
La calle Serrano, a diferencia de la de Velázquez, siempre ha sido más comercial, pero con tiendas de barrio como papelerías, carnicerías con los corderos colgando en el escaparate, droguerías, mercerías y otras cuyos nombres casi han desaparecido.
Sirva este pequeño recorrido personal en una parte del barrio para dar una idea de la enorme transformación sufrida. Desde el punto de vista del paisaje, donde antes había palacetes y colegios con jardín hoy hay bloques de oficinas y viviendas que ocupan toda la parcela frente a calles de las mismas dimensiones que antaño, pero con coches que ocupan más de la mitad del espacio público. En relación con los usos, estos se han terciarizado, con oficinas y comercios de productos más caros y menos variados, como por ejemplo ocurre con los mercados, lo cual guarda relación con la subida del nivel económico y la homogeneidad de los nuevos vecinos.
Aunque cuentan que durante la Guerra Civil el Barrio de Salamanca no fue bombardeado por las tropas del general Franco en consideración a la población que lo habitaba, desde entonces el proceso de mercantilización general del barrio está consiguiendo que desaparezcan sus características físicas y la vida vecinal.
El Barrio de Salamanca es fruto de un buen Proyecto de Ensanche de Carlos María de Castro de mediados del siglo XIX, que desde el principio sufrió un aumento paulatino de la edificación. Inmediatamente después de ser aprobado, las manzanas se construyeron en sus cuatro lados, previsto solo en dos, para edificios de cuatro plantas, y el interior, en principio ajardinado, se ocupó con mercados, garajes o talleres de altura máxima de una o dos plantas.
El sistema de edificación por parcelas hizo que cada una fuera construida por propietarios distintos para niveles económicos variados, lo que produjo una gran diversidad social, unida al hecho de que los pisos se cualificaban según su nivel. El llamado principal se situaba en la primera planta, porque no había ascensor y correspondía a las familias de más nivel económico, y con frecuencia eran propietarias de todo el inmueble. El resto se destinaba al alquiler, incluidas las buhardillas, donde vivían los obreros o el semisótano donde vivía el portero y el servicio doméstico.
A pesar de que la edificación mejor se encontraba en proximidad a la Castellana y Alcalá, e iba descendiendo hacia el este y el norte, el conjunto del barrio era de una gran integración social y física, en relación con los comercios de uso diario, mercados, colegios y tantas actividades hoy desparecidas.
Muchos nos planteamos si las autoridades urbanísticas que dirigen las actuaciones en Madrid son conscientes de la pérdida de la cualidad urbana de sus barrios o si lo consideran una consecuencia inevitable del desarrollo económico. En este último caso se les podría decir que es posible la convivencia de criterios si la rentabilidad se buscara a largo plazo, diversificada, y escuchando a las asociaciones vecinales, o para decirlo con un principio popular: “las prisas no son buenas para nada”.
____________________________________________
Luis Moya es doctor arquitecto, catedrático emérito de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid.
