No era suficientemente refinada. No tenía apellido, fortuna ni una educación brillante. Había trabajado de camarera y recolectando fresas, era madre soltera y conocía demasiado bien las noches de fiesta y malas compañías en Oslo. Mette-Marit reunía, en 2001, todo aquello que una futura reina no debía ser. La prensa de entonces fue despiadada. «Una plebeya de lo más común». Le reprochaban no haber terminado sus estudios ni poseer logros relevantes. Su hijo Marius tenía cuatro años y el padre del pequeño había sido condenado por delitos relacionados con las drogas. El problema ya no era que el príncipe Haakon se casara con una plebeya –su propio padre había necesitado nueve años para conseguir casarse con Sonja–, sino qué clase de plebeya había elegido.
Tres días antes de la boda, Mette-Marit compareció ante las cámaras, lloró y pidió perdón por una juventud «salvaje». Sus lágrimas cambiaron la percepción de aquella novia nada conveniente. El 25 de agosto de 2001, más de 800 invitados entraron en la catedral de Oslo para asistir a una boda que rompía muchos códigos. Haakon esperó a Mette-Marit en la puerta para recorrer juntos el pasillo central. Marius hizo de paje. El obispo Gunnar Stalsett zanjó el asunto en una frase: «No habéis elegido el camino más fácil, pero el amor ha triunfado». Fuera, unas 120.000 personas abarrotaban las calles. La Cenicienta de Kristiansand había sido aceptada.
Veinticinco años después, la historia ha perdido ingenuidad, pero no interés. Al escoger esposa, Haakon eligió qué clase de monarquía quería representar. Una institución capaz de incorporar biografías imperfectas, familias recompuestas y vidas que no comenzaban en palacio. Nacieron Ingrid Alexandra, futura reina noruega, y Sverre Magnus. Mette-Marit se involucró en proyectos de literatura, salud mental, juventud e inclusión social.
Pero los cuentos modernos no terminan en la boda. La fibrosis pulmonar diagnosticada en 2018 obligó a Mette-Marit a un trasplante de pulmón el pasado junio. La operación fue satisfactoria y la princesa permanece ahora en rehabilitación. Y Marius, aquel niño de cuatro años que caminó como paje junto a su madre, cumple condena por varios delitos y ha provocado la crisis más devastadora de la familia.
A este aniversario se ha sumado una nueva preocupación. El rey Harald, de 89 años, permanece hospitalizado después de que su estado de salud empeorara durante el fin de semana por una infección bacteriana en la sangre. Haakon, que ha asumido la regencia, afronta así sus bodas de plata pendiente de dos de las personas que han marcado su vida. La mujer por la que desafió las convenciones de la Corona y el padre del que heredará el trono. Por eso las bodas de plata no tendrán el brillo previsto. La propia Casa Real ha aplazado su celebración debido a la enfermedad de Mette-Marit y el delicado estado de Harald. Pero las circunstancias no empañan el balance de estos 25 años. Haakon pudo elegir una princesa perfecta, pero amaba a Mette-Marit. Y un cuarto de siglo después continúa a su lado, cuando aquel «en la salud y en la enfermedad» pronunciado en la catedral de Oslo ha dejado de ser una fórmula ceremonial para resumir la definición más exacta de su matrimonio.
