Podemos hacer mil debates sobre las claves que han marcado las últimas elecciones. Que si Víctor Font se ha equivocado, que algo habrá; que si Joan Laporta tiene un carisma casi imbatible, que lo tiene; que si Hansi Flick le ha hecho más de media campaña al presidente, que se la hizo desde el juego, los resultados y sus declaraciones de amor; o que si Xavi y Messi son el pasado y el presente todos esos futbolistas que el domingo saltaron con Laporta en la carpa, en lo que es un relato con matices. Porque el adiós de Leo sigue siendo la peor mancha del laportismo y porque también creo, pese a entender el cariño de la plantilla hacia el presidente y un cierto desapego respecto a Font - no debió hablar jamás de los jugadores -, que fue una estampa tan icónica como innecesaria. En el fondo, todos asuntos colaterales dentro de lo verdaderamente decisivo.
Dos preceptos. Uno, nunca un presidente saliente perdió una reelección. Enfrentarse al poder suele cerrarse con la derrota. Y dos, jamás vi a los socios echar a un mandatario con el equipo en lo más alto. Sí vi a presidentes tambalearse en plena crisis deportiva y a otros resistir gracias a los títulos. El propio Joan Laporta, el candidato con mayor gen ganador que recuerdo, lo sufrió en sus carnes. En 2008, tras dos años en blanco, estuvo a punto de sucumbir ante la moción de Oriol Giralt; y en 2015, tras dominar las encuestas en febrero, perdió por el triplete de Bartomeu. Font tuvo los arrestos de saltar al ruedo, pero lo tenía imposible. No debe preguntarse porqué perdió, sino porqué lo hizo por tanto. Es la tarea que le toca si pretende volver a intentarlo.
