Que son cuatro días y dos, nublados. Lo decía mi madre, lo sostengo yo y, desde luego, lo avala el presidente electo del FC Barcelona por una mayoría apabullante el pasado domingo. Diluída quedó la ‘manita’ ante el Sevilla, celebrada por una grada de animació que volvió para hacer lo propio y acuñó un nuevo mantra: “Joan Garcia és de La Masia”. A cuerno quemado le habrá sentado al españolismo pero, a estas alturas de la película local, Cornellà-El Prat sitúa en el córner del interés la queja arbitral, la misma por la que han hecho mofa y befa cuando el que se lamentaba era el vecino azulgrana.
A Laporta le sonríe el voto aunque, tras la victoria y con una serie de temas opacos puestos sobre la mesa por los opositores, deberá dar más de una explicación. De momento, lo celebra como sólo él sabe, recurriendo al champagne, al puro y al local del pasado que, hoy renovado, está dirigido por unos jóvenes con los que empatiza y que representan a una importante porcentaje del electorado que le ha reelegido. Esta autenticidad, proximidad y desacomplejamiento es una de las razones que le han devuelto al palco y que han pesado más que los acuerdos con el Congo, con Limak y con otras empresas de las que poco se sabe y nadie contesta.
La culminación de todo ello llegó a pie de la mesa 11 donde, desde primera hora, Laporta recibía a votantes vip. Víctor Font, en paralelo, depositaba la papeleta donde le correspondía sin hacer ruido. Mientras una voz en off anunciaba a grito pelado a los que iban llegando de la mano de Jan, los acólitos del otro candidato optaban por un perfil bajo. Los bailes y cánticos con los jugadores del primer equipo que acudieron a votar tuvieron una, dos y tres reediciones en el ‘box’ de la candidatura laportista, en el exterior con la mascota Cat, con un grupo de mariachis y, a partir de las tres de la madrugada, en la discoteca de la calle Muntaner.
Alegría y alboroto. Y unas inmensas ganas de seguir viviendo los mejores años de su vida acompañaron a Laporta en casi todo el periodo electoral. “Macarrones, sí; canelones, no” ya se ha convertido en otro grito de guerra y eso es, precisamente, lo que tiene el presidente del Barça: vivir entre pancartas frente al Bernabeu, complicidades y proclamas cortitas y al pie. Aunque salga a la luz la figura de su cuñado Alejandro Echevarría, el que fuera patrón de la Fundación Francisco Franco y que desvió el reelegido mandatario con un “en este club no somos sectarios” (léase ‘tan se val d’on venim’), nada ni nadie ha frenado al vendaval.
A Joan Laporta le hemos visto nervioso, enfadado y excitado en esta campaña pero fue recuperando metros cuando se dio cuenta que a una carrera no puedes sumarte cuando a ti te apetezca y desde el arcén. Hay que currárselo desde la salida aunque pienses que vas a llegar sobrado a la meta. Pero él, que sabe corregirse aunque no le apetezca, tuvo claro desde el principio que este último baile en Can Barça lo iba a bordar y a disfrutar. En Luz de Gas sonó la emblemática -y ‘guardiolana’- canción de Coldplay y el presidente saltó a la pista puro en boca y descorchando champagne. A vivir la vida, diga usted que sí.
