Iñigo Pérez aterriza en el Villarreal CF con una idea clara: cambiar sin romper. El nuevo entrenador amarillo no pretende iniciar una revolución ni borrar de un plumazo todo lo construido por Marcelino García Toral. Al contrario, su punto de partida pasa por conservar aquello que ha funcionado, proteger las certezas competitivas que han llevado al Submarino a pelear en la zona alta y, a partir de ahí, introducir sus matices.
El navarro entiende que una plantilla que viene de competir bien no necesita un giro brusco, sino una evolución controlada. Su mensaje interno va en esa dirección: no destruir, sino sumar. No alterar sino convencer al jugador de que puede dar un paso más sin perder lo positivo del ciclo anterior.
El 4-2-3-1
Iñigo Pérez se ha definido como un enamorado del 4-2-3-1, aunque siempre desde una lectura versátil. No se trata de una estructura rígida, sino de un dibujo base desde el que ordenar al equipo y generar superioridades en distintas alturas del campo. El doble pivote debe dar equilibrio, la línea de tres por detrás del delantero tiene que aportar movilidad, juego entre líneas y llegada, y los laterales están llamados a tener peso ofensivo.
En esa idea aparecen los laterales largos como una de las señas de identidad. Pérez quiere un Villarreal capaz de ensanchar el campo, atacar por fuera, fijar rivales y llegar con muchos jugadores a zonas de remate.
Vivir cerca del gol
El gran matiz que quiere implantar Iñigo Pérez está relacionado con la altura del bloque. Su Villarreal debe ser un equipo valiente, con presión alta, agresivo tras pérdida y decidido a instalarse en campo contrario. La idea no es solo recuperar pronto, sino hacerlo lo más lejos posible de la portería propia para transformar cada robo en una opción de peligro. Para ello, el entrenador insistirá en un concepto clave: la presión no puede depender únicamente del esfuerzo, sino también del entendimiento colectivo. El delantero debe orientar la salida rival, los mediapuntas saltar con coordinación, los centrocampistas achicar hacia delante y la defensa sostener al equipo con metros a la espalda.
La ambición pasa por ser protagonista. Pérez no quiere un equipo contemplativo, sino un Villarreal que intervenga en el partido, que tenga iniciativa, que ataque con intención y que transmita energía. La posesión, en su caso, no será un fin decorativo, sino una herramienta para avanzar, someter y generar ocasiones.
La herencia de Marcelino
El reto estará en equilibrar esa voluntad ofensiva con la solidez heredada. Marcelino dejó un Villarreal competitivo, reconocible, vertical y con mecanismos trabajados. Pérez sabe que ahí hay una base valiosa y que renunciar a ella sería un error. Por eso, su trabajo no parte de cero. Parte de un equipo que ya sabe competir, que ha demostrado carácter y que cuenta con futbolistas adaptados a contextos exigentes.
El nuevo técnico quiere aprovechar esa cultura competitiva y añadirle una capa de protagonismo. Más campo rival, más presión, más continuidad ofensiva y más presencia en área. El objetivo no es que el Villarreal deje de ser fiable, sino que sea más dominante. No que pierda sus virtudes, sino que amplíe su registro.
Fútbol para enamorar
Más allá de los sistema, Iñigo Pérez tiene una visión romántica y exigente del juego. Considera que el fútbol es un espectáculo para la gente y que el equipo debe ser capaz de emocionar al espectador. Quiere que la afición se divierta, que se ilusione y que reconozca en su Villarreal una propuesta atrevida, intensa y ambiciosa.
Ese será el desafío: unir resultados y sensaciones, continuidad y evolución, solidez y espectáculo. El Villarreal de Iñigo ilusiona. n
