Algunas de mis amistades no lo comparten o ni si quiera lo entienden. Me considero un poco más ovetense que oviedista. Soy del Oviedo porque soy de Oviedo. Tengo la enorme fortuna de haber nacido y de vivir en una ciudad que me apasiona.
Varias generaciones de los Bernardo crecimos y nos asentamos entre Santa Marina de Piedramuelle y Buenavista. Una estirpe familiar muy vinculada a la orgullosa capital del Principado, cuyo mejor exponente quizás sea la última voluntad de mi tío Pepe, “Chufano”. Una vez fallecido, deseaba que el coche fúnebre que lo transportaba diera una vuelta por el casco antiguo de la ciudad. Quería despedirse de este mundo con un último paseo por su Oviedín del alma. Corría el año 1995, hubo que solicitar los correspondientes permisos al ayuntamiento y la familia consiguió responder positivamente a la petición de mi tío. Amor del bueno por esta ciudad.
La historia de los últimos cien años de Oviedo va unida de forma inexorable a la del Real Oviedo. A los oviedistas, un agradable paseo por la ciudad nos transporta a momentos buenos y no tan buenos, siempre de la mano de nuestro club.
Cuando era joven y discutía con mis padres, en alguna ocasión, salí por la puerta de casa enrabietado, sin destino a donde acudir. Con los bolsillos vacíos, me encaminaba hacia el viejo Tartiere. Entre los veinte minutos que separaban la casa de mis padres del antiguo estadio y la posterior hora que me pasaba sentado en los bancos de piedra que lo rodeaban, conseguía relajarme y ver el mundo de otra manera. El Carlos Tartiere de Buenavista me inspiraba paz y tranquilidad. Forma parte de mi tara, lo sé, pero sentía que allí era feliz. Un lugar donde sentirme a salvo.
¿Cuánto pagarían ustedes por volver a disfrutar de un partido del Oviedo en el viejo Tartiere? ¿cuánto estarían dispuestos a abonar por llegar caminando desde Llamaquique y ver a lo lejos un tumulto de gente de azul rodeando aquel coqueto estadio de ladrillo visto? Regresar a donde fuimos tan felices para conocer la alineación y los resultados en aquel marcador horizontal donde no cabía ni el nombre de los dos equipos, volver a celebrar un gol del Oviedo subido a la valla verde y aplaudir cuando se informaba de un gol del Avilés en segunda y celebrar por todo lo alto los goles que le endosaban al Sporting. Seguir el partido de pie en el fondo este, codo con codo, hombro con hombro, rodeado de gente con la que chocabas continuamente. Si hay vida más allá de la muerte y para acceder al paraíso las exigencias son reducidas, mi destino está ahí. Llegado el momento, espero que me dé tiempo a arrepentirme de mis pecados, pero si hay justicia divina, muy a mi pesar, me temo que pasaré la eternidad presenciando en el Tartiere el 1 a 4 del Sporting B.
La Plaza América ha quedado ligada para siempre al oviedismo desde que no se sabe bien por qué, decidimos trasladar nuestras celebraciones desde la plaza de la Escandalera a la "Gabinona". En 1988, el epicentro de los festejos por el ascenso a primera se desarrolló delante del edificio de la Caja de Ahorros, bañándose la juventud en la coqueta fuente que adorna la plaza. Recuerdo la interminable sucesión de coches, autobuses y furgonetas recorriendo la calle Uría, haciendo sonar el claxon a todo lo que daba, con la gente subida al capó de los coches, ondeando sus banderas azules.
Es mi único recuerdo feliz de esa celebración. Mi padre, con toda la ilusión del mundo, cogió su Seat 132 y se dirigió hacia Ranón para recibir a los futbolistas. Nos debimos quedar a diez kilómetros de la terminal. La caravana de coches era interminable y cuando por fin conseguimos dar la vuelta y regresar a Oviedo, ya no pudimos acceder a la Plaza del Ayuntamiento que estaba a rebosar desde la calle Magdalena. Coitus interruptus.
La juventud es muy osada. Tras vencer a Las Palmas en el partido de ida de la promoción por 3 a 0 estrenamos la fuente de la Plaza América. Del Tartiere a bañarnos, pues dábamos por segura la permanencia. Cuando empezaron a caernos los goles en el Insular y el final feliz se nos ponía muy cuesta arriba, tan solo venía a mi cabeza el recuerdo de tan prematuro baño. Al final resistimos y ni tan mal. No volví a catar el agua de La Gabinona hasta junio de 2025, más feliz que en cualquier playa del Caribe.
¿Saben por qué rincón de Oviedo esbozo una sonrisa cada vez que paso? En la confluencia entre la Plaza Porlier y la calle San Francisco nos situamos tras el ascenso para recibir al bus del equipo. No encuentro las palabras adecuadas con las que expresar la emoción del momento ¡ay Señor, que felices éramos! Los cánticos, las cervezas al aire, la locura de los críos y el mejor instante, cuando tras pasar el primer bus con los futbolistas, llega el segundo con los empleados y, al fondo, sentado con una sonrisa de lado a lado y una lata en la mano, Antonio Rivas. Ese saludo entre dos personas inmensamente felices por cumplir un sueño que veinte años antes se antojaba muy lejano, constituyó la guinda perfecta a dos días imborrables.
Intento llevar a cabo un recorrido por Oviedo asociado al Real Oviedo y no me salen más que celebraciones ¡Como si fuéramos un club de títulos y finales! Leí hace poco que el acueducto de Los Pilares se financió con un impuesto a la sidra y al vino en la ciudad. Lo raro es que no hubiera llegado hasta Algeciras, teniendo en cuenta la loable afición de los asturianos por un buen vaso. Celebremos, que la vida es corta y las alegrías efímeras.
